2 de diciembre de 2020

iskald

He tachado lo que significaba. En diciembre no

insistes en mi nombre y

borras lo que seré. Soy 

una artista del amor,

una creadora de ideas.

No sé hacer un oficio de nosotros.




7 de abril de 2020

Krisepakke

yo, sé un rato yo. Diferente a lo que esperas que sea, diferente a mi imagen. Siéntete orgulloso de , sácame a pasear. Presume de ser yo. Dibújame una lágrima, llórame.

Come.


5 de agosto de 2019

Frihet

Hago lo que me sale del coño, bailo cuanto me sale del coño. Me gusta insultar cara a cara, aunque ser diplomática por la espalda. Quiero ser vulnerable a través de las decisiones que tomo, tengo pesadillas cuando yo me equivoco. Me muerdo la boca mezclando el plástico con la materia orgánica. Se me multiplican los ojos cuando escucho música. Mato si me mienten.

Me pongo a llorar si no me dejan.



3 de marzo de 2019

Fuera de control

Tengo muchas sensaciones escondidas en pequeñas partes de mi cuerpo, terrenos propios e imperecederos. Cada día que paso lejos del mundo más retumba el eco de mis convicciones. Me encanta mi voz, por primera vez. También sé lo que no soy.

Estoy radiante de verdad y de sencillez, pletórica de lo cotidiano y de lo mío. Lo que está fuera de control es maravilloso, por primera vez. 

Tengo unas ganas de gritar tan grandes y en tantos idiomas... No puedo encontrar las palabras para describir algo que ha cambiado mi estructura cerebral. Puedo intentar dibujarlo, pero no sé si tengo suficientes colores. Puedo intentar tararearlo, pero mi garganta no puede interpretar tantos sonidos a la vez. Puedo intentar serlo, de dentro hacia afuera, como cada día. 

Puedo ser feliz, como cada día.



19 de diciembre de 2018

Vinter

No se me olvida, no se me van a olvidar las veces que he muerto, los días en que me apagué y vibré. He tragado cien venenos, he llorado de alegría y he visto a la virgen. Por cada una de las veces que viví me maté, por vivir siempre.

Día tras día he desechado lo que sabía, para reír en ti más tiempo y fingir que yo no dormía mientras jaleaba. Las horas de sueño eran más y más, siempre fuera de la cama. Siempre al máximo, sin conocer las medias tintas que pintabas en mi espalda con la escarcha del congelador.

Es invierno en la calle y en el pecho, es el ártico en mi habitación.


4 de octubre de 2018

Espiral

Me tomo un café, me ducho y plastifico mis pestañas cada mañana para no salir sin chubasquero. No me importa que vayan a deshacerse en esfuerzo con el paso de las horas. Termino vencida y calada, sobre mí misma, viendo un puto borrón y con unas ganas suficientes de volver a conectar los cables al día siguiente, bajo una piel ya seca.

Amasas mi cuerpo hasta convertirlo en una bomba de relojería, que estallará en las manos cada vez que roces el temporizador. Pierdes el control, a mí. Mueves unos hilos finísimos, que son mis venas, haciendo una trenza de espiga agarrada al corazón. Me pincha cuando me muevo, cuando respiro y estudio. Se afloja contigo delante.

Cada vez.


2 de agosto de 2018

Alguien

¿Quién te ha amado tanto como has hecho tú?

Recuerdo estar tumbados, comiendo, viendo la vida pasar sin que importara demasiado. No me olvido de agarrarnos el pecho para que no se saliera todo lo que estallaba por dentro. También se difuminaban las obligaciones y la comida sabía tan, tan deliciosa... Hemos querido muy alto, muy distinto.

Menciona una persona que te haya querido, por un solo segundo, desde lo más profundo de su estómago. Un solo instante en el que os pudiérais mirar desde la misma altura, un suspiro intensísimo.

Sé lo que es el amor.

Dime un nombre.


12 de abril de 2018

Summer

La nieve brilla bruta. Se deshace en la acera como los chocolates caros en la boca. Cuando circula, cuando se ordena... El sol es gigante cuando se ve, pero cuando no se ve late fuerte.

Tiembla el resto de la Tierra, aquí se escuchan sus ecos como tambores que distraen a la gente para que no me salude por la calle. Como lo que puedo y cuando puedo, me nutro todo el tiempo mientras muero de hambre. ¡Me muero de calor!

Me muero de ganas.

8 de marzo de 2018

Género


¿Crees que mis gestos se tornan rígidos cuando quiero guerrear? Tengo colmillos rellenos de ponzoña para cada día de tu semana, para cada uno de tus estados de ánimo, de tus idas y venidas.

También tengo un sentido del humor absurdo, bastante por encima del tuyo algunos días. Otros no. Tengo una vagina que me gusta porque es una vagina y me saluda para mear, menstruar y follar. Puedo cargar con muchísimo peso, no soy buena en los deportes y disfruto comiendo. Me encanta el color verde y odio los trucos de magia. Digo un montón de palabrotas porque son palabras sensibles. 

Dime que soy un coñazo, que no sabes cuánto me pone.




24 de febrero de 2018

Cemento

Me gustaría contarte cómo de un día para otro dejó de gustarme desayunar. Solía entusiasmarme, era un oficio que definía lo que yo era. Ingería una energía que devolvía sin criterio con toda mi fuerza. Comencé a hacer deporte con furia, una ira inofensiva que iba por delante del ritmo todo el tiempo, que perseguía el fin.

Empecé a pintarme los labios para que nadie los besara. Cada uno de los extravagantes colores era una letra de algún nombre propio. Dibujé un pequeño mapa lleno de nieve y forcé la perspectiva hasta caber en él. Cogí algunas cosas que tenía, vendí mi mirada y viajé lo más lejos posible de allí. He seguido coloreando mis labios, desayunando sin sonreír. Sigo cortándome el pelo para que nadie tire de él, no paro de aprender palabras inútiles para no usarlas con nadie y no dejo de pensar en dejar de hacerlo. 
No dejo de dejar.



31 de enero de 2018

Sé la oscuridad

Mueve poco a poco la cintura, baila haciendo círculos, vive la brutalidad muy despacio, que hable en nombre de todos tus sentidos y cometa crímenes. Deja que la paciencia por morir se apodere de ti, que en lo visceral te sientas más vivo que nunca, aparta la felicidad para los niños y baila, invoca a la tortura.

Siente la noche como el fin, el día no existe sin ella, avívala. Prende las malditas ramas de las palmeras, destroza tu cara a través del cansancio, revive la sensación del parto y convierte ese rincón de recreo en una sala de ejecución.

Destruye dulce.



24 de enero de 2018

Oslo

Dejé de creer en el amor en plena guerra. Hoy releo mis pensamientos y todo cobra sentido; la violencia, la insensatez, las drogas... Todas dentro de mi estómago abrasando mi esófago hasta vomitar fotografías. 

Mis lágrimas son ácidas, venenosas gotas de odio en las que puedes mirarte, lleno de realismo en una humedad que me arde. Sigo viviendo cada día en un lugar diferente y uso la misma ropa una y otra vez. Aplasto el mismo equipaje en la maleta una y otra vez.

He escuchado una vieja canción que habla de querer y no la quiero entender. Es más sencillo cuando no comprenden tus sonidos. Cuando nadie habla un idioma contigo para dejar esos códigos y esa riqueza vacía cuando se va. 

Prefiero toda una vida aquí sola que un solo día allí hablando tu dialecto.


16 de diciembre de 2017

Diciembre

Desde que hace dos años se paró la Tierra y los animales comenzaron a huir no he parado de buscar cobijo. Sobrevivimos. Las ratas nos ayudamos a buscar en la basura, a olisquear los contenedores, a volver la cuidad fea con nosotras...

Me gusta jugar donde la hierba no crece, donde los niños tienen prohibido coger las cosas del suelo. Mis venas, congeladas, laten gracias a esa melodía que fluye lo que la sangre no sabe. Las aristas de mi cuerpo plano yacen, juntas lo sostienen, junto a la brisa que ha dejado de arañar mi piel. 

La ciudad gélida.

Allí me parezco. Soy poco a poco ese ardiente trozo de hielo que ama su dolor. La vida es vivísima todo el tiempo y todo el espacio. Los sueños no se crean ni se destruyen.


                               Imagen

10 de mayo de 2017

Attack

Estoy la cocina, uno de mis lugares favoritos de casa, preparando algún plato especiado. Recuerdo perfectamente sobre qué comida trabajo mientras remuevo y salpimento los ingredientes que han encogido y se han convertido en perfume gracias al calor y a las caricias.

Sigo removiendo aquello que tenía en mente y que huele tan fuerte. Tengo ganas de terminar para poder sentarme y saborear el resultado final que ya se vislumbra con la nariz. Empieza a hacer calor y me quito la chaqueta mientras intento girar el botón de la temperatura. Llevo largo rato concentrada en la textura del plato y la melodía que tarareo sin airear un poco la atmósfera. No es la cacerola, creo que soy yo. Estoy ardiendo y mis movimientos son bruscos aunque los defina con dificultad. Miro a mi alrededor, mis ojos intentan escapar de un fundido a negro cada vez que se giran a enfocar otra cosa. Mis palabras están aplastando mi propio pecho y no consiguen salir por mi boca sabor metal. No hablo mi idioma, no tengo lenguaje, no hay pensamiento. Mi raciocinio es una sinestesia de colores ciegos y densos sonidos en mi paladar. Yo estoy cocinando. Mis músculos se encuentran en una tensión tal que no son capaces de sostener algo tan delicado como la dulce vida. Tengo 26 años. Me arrastro de pie hasta la cama, caigo desplomada sobre mi imagen proyectada mientras la observo desde muy lejos. No soy ella ni ella lo es, estamos rellenas de energía en cortocircuito. No puedo volver, estoy segura de que me he perdido. Hace un momento estaba en otro sitio, no recuerdo qué hacía. Me llamo Elena y vivo en Atocha. Mi mente está lanzando unas señales tan fuertes que alguien seguro recibirá cuando destruyan la puerta. Están cayendo pequeñas gotas de aire sobre mis oídos que me hacen buscar el hormigueo de las manos. Las percibo, pero las siento apagarse huecas y pesando varias toneladas. Si se dedicaran a palpar lo destrozarían todo en mil pedazos. Sé que el aire está pasando por mi garganta pero no me está calando los pulmones. No recuerdo a qué venía, pero vivo aquí. Mi habitación se descompone alrededor, debo de estar muriendo. No estoy sangrando pero no sé cómo se llama mi calle. No era eso para lo que venía, intentaba respirar un poco. Eso, vine a la habitación a contar. Conozco los números y los voy a decir muy rápido para que no se me olviden en el camino. ¡Eso es! Eso es lo que quería hacer ahora, quería contar porque sé cómo se hace. No voy a abrir los ojos hasta que los números se asocien con su imagen. No lo voy a hacer hasta que mi habitación no siga ahí. De verdad, vivo en Madrid. Noto una leve brisa, puedo oír lo que ocurre a mi alrededor pero no puedo interactuar. Espero a que me conecten. El tiempo me despierta del coma y no me reconozco en esa posición, yo no estoy cómoda tumbada así. Sé muy bien lo que pienso y conozco las palabras, no sé qué hora es. Ando sujetándome la cabeza para que no se produzcan fugas. Había apagado el fuego de la sartén. No quiero comer, quiero dormir. Necesito un minuto, tengo muchas lágrimas por alguna parte y las tengo que encontrar. Estoy viva. Es muy importante lo de mis ojos. Me llamo Elena y vivo en Atocha. Sé unas cuantas cosas más.

¿Puede suceder otra vez? No se puede morir dos veces. No pueden morir mi cocina ni mi cuerpo, mis lugares favoritos.



5 de mayo de 2017

Animal

Anoche se me arrugó el corazón. La rendija de la ventana silbó tu canción favorita entre unas paredes vírgenes y compactas. Despertaba mi cuerpo las ganas de agarrarme al colchón, colgarme de las lianas de mi pelo y no volver a encontrar la civilización. Apartar la maleza de mis vértebras y avanzar hacia la costa mientras trazaba en mi pecho las marcas de la aventura, de la euforia, de la soledad...

La imagen de la luna reflejada en mis pupilas me transformó en un mono sediento de intimidad. Llamé a mi manada con desesperación mientras el color de mis ojos amarilleaba. Desparasitaba especies imposibles creyendo ver en sus rostros la pasión de la crianza, marcaba mi territorio a besos contra el suelo.

Grité, me golpeé, fingí jugar sola mientras jugaba contigo. Me llené de barro la conciencia y de hierba el corazón.


23 de abril de 2017

Relatos paralelos

Estoy escribiendo la historia más feliz del mundo. A ella le encanta comer verdura y se adora por encima del sabor de la tortilla de patata. Quiere viajar y navega a favor de la corriente lo que le duran los libros. Nunca ha sufrido por dinero, por salud o por amor. No conoce los estados de incertidumbre ni de frustración. Quiere a todo el mundo y todo el mundo la quiere de vuelta, se regalan. Escribe fantasía. Sabe bailar, cocinar y tiene una infinidad de bienes inmateriales. Siempre ha encajado en todas partes, jamás ha llorado y sólo se es infiel a sí misma queriéndose de manera furtiva. Sabe lo que busca y los pasos que da nunca tienen consecuencias negativas. Tiene una familia amplísima y preocupada por su bienestar. Nunca ha tomado drogas y no necesita evadirse de este mundo porque en su plena sobriedad se encuentra siempre en lo más alto. Es dueña de sus pensamientos y no comparte su cariño con quien no lo comparte con ella, está rebosante de calidez. Su pelo brilla con el sol, no tiene ojeras y tiene un cuerpo pequeño y sano. A veces le gusta la mentira. La farsa es su cómplice con papel y lápiz dibujando a una persona entera, plena, feliz. Hace trampas en los trazos, difumina el concepto, realza los colores... Su historia es la más bella de las falsificaciones.


1 de abril de 2017

Memories

Aquella vez sentía los sonidos de los pájaros. Quería escuchar más y más veces las palabras del riesgo y la inocencia. Me preguntaba cada día cuánto apostaba mi cuerpo a cambio de esas sensaciones tan bellas y qué había de real en las vidas ajenas. Los sentimientos eran nómadas, se mudaban de un cuerpo a otro.

Todo se embriagaba de una quietud intensísima, de instantes eternos que acababan demasiado deprisa. Me cobijaba dentro de cualquier muestra de cariño, incluso me arrodillaba para mendigar besos a los pobres. Yo tenía cien mil y un fortunas en mi interior y alardeaba de no tener que arreglar los descosidos de mi ropa para aparentar riqueza.

Era inmensa porque era libre. Libre de fallar, libre de recibir, libre de ahorcarme... tenía algo entre manos.


19 de marzo de 2017

Transeúnte

Llevo tanto tiempo sin comer un plato caliente que he olvidado los sabores intensos. No recuerdo bien el nombre de las palabras ni sabría deletrear a la alegría de principio a fin. He intentado preguntar a mis conocidos por mi pasado y mi presente, ellos se acuerdan de pequeños detalles aunque no los sepa míos. Me intentan convencer de mi vida, pero yo no la conozco de nada.

Sufro de una amnesia horrible, de un desaprendizaje voluntario espantoso. No me han enseñado la bondad y no quiero hacer uso de las armas y las bombas que sé utilizar desde que nací. Los aromas son grises y el paladar está adormecido. Los colores no brillan ni la música vibra lo suficientemente fuerte. No tiemblo, no sonrío, no lloro... tampoco vivo. Ni siquiera existo.

No soy.


21 de febrero de 2017

Pataleta

Elijo el dolor, las manchas, el duelo... Me inclino por las sensaciones que sacan de mí el desconsuelo más crudo y la verdad más negra. Me desmaquillo buscando la belleza esencial, intentando ver en el espejo esa hermosa consonancia entre todas mis partes. Los diferentes músculos de mi cara, lesionados de tanto cubrir a mis huesos, necesitan soltarse y sangrar. No pueden más, sus razones no conviven con las exigencias del día a día. Estrenan daños, pero cada noche intentan recuperarse para que nadie pueda dudar ni un segundo de su fortaleza.

Ojalá pudiera hacer entender al mundo que a veces quiero ensuciarlo todo con mi angustia, que no tiene derecho a robarme la alegría que la tristeza me da cuando consigue salir. Cómo quisiera que el olor de mi ropa sin lavar fuera cómodo, que pudiera entrar en un bar y las personas se excitasen al verme converger conmigo misma. Daría un trago ahogado y luciría mi desgana escupiendo sobre cualquier consejo constructivo. Buscaría por las paredes los recuerdos que me hacen llorar para pavonearme de mi confianza, me jactaría de las camisas planchadas de los demás y vomitaría sobre sus sonrisas. Dibujaría al sexo y a la muerte y comería perros. Nadie querría limpiar mis espumarajos del suelo ni sentiría la obligación de socorrer mi alma.

Mi cuerpo y mi espíritu son malos y feos, son un precioso mutuo respeto.


8 de febrero de 2017

De las dudas infinitas...

Él tiene algo especial y lo sabe, pero finge olvidarlo para dosificar esa energía que siempre le desborda. Son un par de cosas, no más. Dos o tres cualidades normales que viste con chaleco reflectante.

Me gustaría decir que sus características tienen nombre, pero no es así. Son más bien colores y sabores muy cortos y áltamente inflamables. Es la habilidad de responder tan deprisa y con rabiosa brillantez a cualquier cosa que le digo, la forma en que se inventa mi nombre cada vez que descuelgo el teléfono y la manera en que grita y tira cosas por el suelo. Siempre se despierta guapísimo a pesar de haberle hecho dormir en una cama donde no caben dos como él; eso sí, puede abarcarme entera cuando me abraza y aún queda todo el espacio del que yo me privo para acompasar mi insomnio con esos latidos fuertes y fuera de sus órbitas.

Utiliza palabras que en mi mundo no existen y menea esos aires que no son de esta época sólo para hacerme reír. Nunca me gustaron las chocolatinas y ahora las desenvuelvo todas, aunque se lo reproche cada noche a las 23.30 mientras escucho como descansa esa fiera a la que sólo amansan las obligaciones. Me arranca la sonrisa a gritos en mis peores días. "No te vas a creer lo que me ha pasado hoy, vas a flipar", me dice cada día mientras se distrae siendo él mismo, como siempre. Busco entre las frases ese "nena" que suena a la vez tan dulce y tan canalla.

Él posee cualquier pequeño dato que nunca te interesó, te vuelve en tu contra escuchando sus palabras esperando que haga magia describiendo olores, sabores y hasta la textura de un pensamiento. Escribe menos de lo que debería porque las ideas no le caben en un cuaderno ni su velocidad es compatible con las teclas de un ordenador.

Mi desorden le saca de quicio, pero le encanta conocerlo y poder recordármelo cuando intento fingir que soy una mujer adulta. La televisión, ese rectángulo vicioso que nunca conectó conmigo abarca todas las dimensiones cuando se pone a mirarla. La basura crea formas divertidas y hasta inteligentes, llenas de su reflejo burlón. Le encanta leer. Escribe lo que siente al terminar un libro porque es la única manera de hacer que se ciña a un círculo cerrado.

Tiene un sentido del humor riquísimo, enloquecido y lleno de matices. A veces sus bromas hacen un gesto de humildad cobrando formas simples y toscas, pero es torpe haciéndome creer que carece de empatía y sensibilidad. Cree que pertenece a la clase social que le rodea cuando se asoma a la ventana, pero sólo sabe vestir de barrio. La ropa de deporte ha sido diseñada para él igual que el deporte mismo. Aprecia todas las pequeñas cosas, desde el sudor que derrama mientras juega al fútbol hasta el sabor de ese refresco amargo incompatible con cualquier paladar corriente. Adora comer, tanto que a veces se le olvida dónde acaba el plato y dónde empieza mi ropa interior.

Tiene una sonrisa preciosa. Es tan grande que incluso su barba se torna endiabladamente suave mostrando sumisión ante esa boca llena de sabor y de palabras. Tiene un lunar que escupe fuego y un abdomen cuyos relieves me hacen perderme entre luces y sombras. Es visceral y las tripas son los únicos ingredientes que conoce en la cocina y en la cama, allí donde no es capaz de ver el límite.

Me agarra con una seguridad ciega, me saca de quicio dándome la mano y quitando el brazo. Pero él sabe que no tengo armas frente a ese aroma que sólo sus potingues, sus vaivenes y sus poros son capaces de crear. La espontaneidad es su viva esencia. Resulta incansable cuando se trata de correr aún más rápido o decirte algo al oído. Lo comparte todo con la gente que quiere y no es capaz de moderarse al decirte que le vuelves loco. Cada lunes las frases de mi buscador son un disparate, tanto como ese pantalón amarillo dentro de unas piernas del norte de Madrid.

Lo más mágico de todo es que ni siquiera conoce su gran poder. Aquello que hace que no pueda decir que no a nada mientras él dice y dice... El mayor y más simple de sus tesoros y que llevo en mi cabeza desde que empezó a clavárseme como dulces y lascivas estacas desde el día en que se coló en mi habitación. Su voz. Su maldita, musical e inquebrantable voz. La que guardo en tarros de conservas para pegarme atracones cada vez que eche de menos cualquiera de sus bobas palabras.