8 de marzo de 2018

Género


¿Crees que mis gestos se tornan rígidos cuando quiero guerrear? Tengo colmillos rellenos de ponzoña para cada día de tu semana, para cada uno de tus estados de ánimo, de tus idas y venidas.

También tengo un sentido del humor absurdo, bastante por encima del tuyo algunos días. Otros no. Tengo una vagina que me gusta porque es una vagina y me saluda para mear, menstruar y follar. Puedo cargar con muchísimo peso, no soy buena en los deportes y disfruto comiendo. Me encanta el color verde y odio los trucos de magia. Digo un montón de palabrotas porque son palabras sensibles. 

Dime que soy un coñazo, que no sabes cuánto me pone.




24 de febrero de 2018

Cemento

Me gustaría contarte cómo de un día para otro dejó de gustarme desayunar. Solía entusiasmarme, era un oficio que definía lo que yo era. Ingería una energía que devolvía sin criterio con toda mi fuerza. Comencé a hacer deporte con furia, una ira inofensiva que iba por delante del ritmo todo el tiempo, que perseguía el fin.

Empecé a pintarme los labios para que nadie los besara. Cada uno de los extravagantes colores era una letra de algún nombre propio. Dibujé un pequeño mapa lleno de nieve y forcé la perspectiva hasta caber en él. Cogí algunas cosas que tenía, vendí mi mirada y viajé lo más lejos posible de allí. He seguido coloreando mis labios, desayunando sin sonreír. Sigo cortándome el pelo para que nadie tire de él, no paro de aprender palabras inútiles para no usarlas con nadie y no dejo de pensar en dejar de hacerlo. 
No dejo de dejar.



31 de enero de 2018

Sé la oscuridad

Mueve poco a poco la cintura, baila haciendo círculos, vive la brutalidad muy despacio, que hable en nombre de todos tus sentidos y cometa crímenes. Deja que la paciencia por morir se apodere de ti, que en lo visceral te sientas más vivo que nunca, aparta la felicidad para los niños y baila, invoca a la tortura.

Siente la noche como el fin, el día no existe sin ella, avívala. Prende las malditas ramas de las palmeras, destroza tu cara a través del cansancio, revive la sensación del parto y convierte ese rincón de recreo en una sala de ejecución.

Destruye dulce.



24 de enero de 2018

Oslo

Dejé de creer en el amor en plena guerra. Hoy releo mis pensamientos y todo cobra sentido; la violencia, la insensatez, las drogas... Todas dentro de mi estómago abrasando mi esófago hasta vomitar fotografías. 

Mis lágrimas son ácidas, venenosas gotas de odio en las que puedes mirarte, lleno de realismo en una humedad que me arde. Sigo viviendo cada día en un lugar diferente y uso la misma ropa una y otra vez. Aplasto el mismo equipaje en la maleta una y otra vez.

He escuchado una vieja canción que habla de querer y no la quiero entender. Es más sencillo cuando no comprenden tus sonidos. Cuando nadie habla un idioma contigo para dejar esos códigos y esa riqueza vacía cuando se va. 

Prefiero toda una vida aquí sola que un solo día allí hablando tu dialecto.


16 de diciembre de 2017

Diciembre

Desde que hace dos años se paró la Tierra y los animales comenzaron a huir no he parado de buscar cobijo. Sobrevivimos. Las ratas nos ayudamos a buscar en la basura, a olisquear los contenedores, a volver la cuidad fea con nosotras...

Me gusta jugar donde la hierba no crece, donde los niños tienen prohibido coger las cosas del suelo. Mis venas, congeladas, laten gracias a esa melodía que fluye lo que la sangre no sabe. Las aristas de mi cuerpo plano yacen, juntas lo sostienen, junto a la brisa que ha dejado de arañar mi piel. 

La ciudad gélida.

Allí me parezco. Soy poco a poco ese ardiente trozo de hielo que ama su dolor. La vida es vivísima todo el tiempo y todo el espacio. Los sueños no se crean ni se destruyen.


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10 de mayo de 2017

Attack

Estoy la cocina, uno de mis lugares favoritos de casa, preparando algún plato especiado. Recuerdo perfectamente sobre qué comida trabajo mientras remuevo y salpimento los ingredientes que han encogido y se han convertido en perfume gracias al calor y a las caricias.

Sigo removiendo aquello que tenía en mente y que huele tan fuerte. Tengo ganas de terminar para poder sentarme y saborear el resultado final que ya se vislumbra con la nariz. Empieza a hacer calor y me quito la chaqueta mientras intento girar el botón de la temperatura. Llevo largo rato concentrada en la textura del plato y la melodía que tarareo sin airear un poco la atmósfera. No es la cacerola, creo que soy yo. Estoy ardiendo y mis movimientos son bruscos aunque los defina con dificultad. Miro a mi alrededor, mis ojos intentan escapar de un fundido a negro cada vez que se giran a enfocar otra cosa. Mis palabras están aplastando mi propio pecho y no consiguen salir por mi boca sabor metal. No hablo mi idioma, no tengo lenguaje, no hay pensamiento. Mi raciocinio es una sinestesia de colores ciegos y densos sonidos en mi paladar. Yo estoy cocinando. Mis músculos se encuentran en una tensión tal que no son capaces de sostener algo tan delicado como la dulce vida. Tengo 26 años. Me arrastro de pie hasta la cama, caigo desplomada sobre mi imagen proyectada mientras la observo desde muy lejos. No soy ella ni ella lo es, estamos rellenas de energía en cortocircuito. No puedo volver, estoy segura de que me he perdido. Hace un momento estaba en otro sitio, no recuerdo qué hacía. Me llamo Elena y vivo en Atocha. Mi mente está lanzando unas señales tan fuertes que alguien seguro recibirá cuando destruyan la puerta. Están cayendo pequeñas gotas de aire sobre mis oídos que me hacen buscar el hormigueo de las manos. Las percibo, pero las siento apagarse huecas y pesando varias toneladas. Si se dedicaran a palpar lo destrozarían todo en mil pedazos. Sé que el aire está pasando por mi garganta pero no me está calando los pulmones. No recuerdo a qué venía, pero vivo aquí. Mi habitación se descompone alrededor, debo de estar muriendo. No estoy sangrando pero no sé cómo se llama mi calle. No era eso para lo que venía, intentaba respirar un poco. Eso, vine a la habitación a contar. Conozco los números y los voy a decir muy rápido para que no se me olviden en el camino. ¡Eso es! Eso es lo que quería hacer ahora, quería contar porque sé cómo se hace. No voy a abrir los ojos hasta que los números se asocien con su imagen. No lo voy a hacer hasta que mi habitación no siga ahí. De verdad, vivo en Madrid. Noto una leve brisa, puedo oír lo que ocurre a mi alrededor pero no puedo interactuar. Espero a que me conecten. El tiempo me despierta del coma y no me reconozco en esa posición, yo no estoy cómoda tumbada así. Sé muy bien lo que pienso y conozco las palabras, no sé qué hora es. Ando sujetándome la cabeza para que no se produzcan fugas. Había apagado el fuego de la sartén. No quiero comer, quiero dormir. Necesito un minuto, tengo muchas lágrimas por alguna parte y las tengo que encontrar. Estoy viva. Es muy importante lo de mis ojos. Me llamo Elena y vivo en Atocha. Sé unas cuantas cosas más.

¿Puede suceder otra vez? No se puede morir dos veces. No pueden morir mi cocina ni mi cuerpo, mis lugares favoritos.



5 de mayo de 2017

Animal

Anoche se me arrugó el corazón. La rendija de la ventana silbó tu canción favorita entre unas paredes vírgenes y compactas. Despertaba mi cuerpo las ganas de agarrarme al colchón, colgarme de las lianas de mi pelo y no volver a encontrar la civilización. Apartar la maleza de mis vértebras y avanzar hacia la costa mientras trazaba en mi pecho las marcas de la aventura, de la euforia, de la soledad...

La imagen de la luna reflejada en mis pupilas me transformó en un mono sediento de intimidad. Llamé a mi manada con desesperación mientras el color de mis ojos amarilleaba. Desparasitaba especies imposibles creyendo ver en sus rostros la pasión de la crianza, marcaba mi territorio a besos contra el suelo.

Grité, me golpeé, fingí jugar sola mientras jugaba contigo. Me llené de barro la conciencia y de hierba el corazón.