24 de enero de 2017

El arte de lo defectuoso

Era temprano, la luz escaseaba y hacía frío, pero decidí levantarme con la intención de hacer de mi cocina un refugio con la calidez de mi taza de café. El día anterior me acosté muy cansada y supe que por la mañana me despertaría con un muelle en los pies decidida a teatralizar mis aburridos pasos.

En cierta manera me engañaba, no tenía ganas de salir de la cama. Aun así quería demostrarme a mí misma que era dueña de las horas, los minutos, los segundos... Cuanto más despacio los nombraba más conciencia tomaba de su existencia y de la mía propia. Parecía que cuanto más fraccionase el tiempo más le daba la licencia y no al contrario. Me duché, aireé un poco la habitación y salí directa al trabajo. No es un trabajo creativo ni divertido, tampoco me proporciona un buen sueldo ni supone un reto intelectual, pero me permite vivir por mí misma y cultivarme haciendo lo que más me gusta, irrumpir.

Ya no recuerdo la última vez que le dediqué tiempo a mis aficiones con pasión desinteresada. Me asaltan algunos momentos en los que escuchar música consistía en desmembrar su esencia y nada más, igual que alguna frase de un libro decodifica tus más internos deseos. La vida personal encontraba cobijo en sonidos, paseos, lecturas... instantes que difícilmente se dejaban invadir. Conquistaban todo aquello que parecía vulgar y hacían del futuro algo mediocre. Merecía la pena posponerlo por un rato más a su lado, en paralelo a las grandiosas miradas del arte.

Después de trabajar me aproveché de ese aroma que aún guardaba en la memoria para recordarme que aún seguía siendo joven y maleable. Entré en la primera cafetería que encontré y me senté a leer al lado de una taza de café. ¡Qué envidia! ¡Qué fácil parece verbalizar los entresijos de la mente humana cuando ya están escritos y ordenados! Alguien tuvo que pensar lo mismo, debió de sentarse en un bar desesperado exigiéndose una explicación y buscando las cosquillas a sus miedos para hacerlos gritar. Seguramente los enfureció, los hizo añicos y pudo ir recomponiéndolos pieza por pieza hasta formar un bonito paisaje.

Casi sin darme cuenta era la hora de cenar. No tenía hambre ni una despensa golosa, así que decidí irme a casa a tomar una infusión antes de despedazarme en la cama. 

Boca arriba mis brazos se extendían, las piernas eran largas y frágiles. Los terrores nocturnos se sucedían en plena vigilia y necesitaba desesperadamente dormirme para tomar algún contacto con la realidad. El silencio ayudaba a escuchar mis latidos, fuera del compás de las agujas del reloj y desbordantes como el agua en ebullición o un vómito fuera de control. Mi propia naturaleza era dueña de cualquier propiedad artificial. La odiaba, quería que se dejase a la plasticidad, que comprendiera los riesgos de una vida sin protocolo y enfriase sus fuegos para ser un poco más feliz. No entendía por qué sólo los mundos ficticios materializaban mis grandes anhelos y se adueñaban para siempre de mis palabras.

Dormir fue sencillo, biológico...

Hoy también me he levantado temprano, esta vez con los instintos agotados. Será estupendo mecanizar los primeros pasos del día y volver a deambular hasta que una canción, una cerveza o una sonrisa me obliguen a desobedecer.



26 de octubre de 2016

Brotes

El otro día estuve hablando de ti. No de tu belleza o de las muecas tan feas que haces al mentir, sino de ti. Me escucharon atentamente mientras una dura sonrisa se inundó de lágrimas y parte de las fotografías dejaban de verse borrosas, se abrían paso...

Algunas de las excusas que ponía salían de mi boca hechas carcajada, otras me mimaban y el resto se compadecía del espacio libre de mis pantalones. Toda una vida practicando el desapego y ahora parece que necesitara tocarlo todo, ponerle nombre y precio a mis pertenencias.

Se trata no de un traspiés cualquiera ni una broma de juventud, sino del olvido... Del olvido más caro del mundo.



16 de octubre de 2016

Incertidumbre

Día a día desgarro las cortinas, amasijo de testigos que privan al día de la noche y a la noche del día. Duermo mal, aunque esa ligereza me estira los dedos que tocan, escriben y comen. El caos se ha enamorado de mí y yo le pongo la miel en los labios, le tiento y le correspondo cuando me place. Bailo a gritos mientras finjo tener dos dedos de frente. 

Mi religión son los juegos de azar donde valen los trucos y la casualidad. Cuando nadie me ve siempre tenso un poquito más la cuerda esperando que se caiga sobre mí un cubo de agua que me obligue a volver a vestirme de otra manera. 

Nunca veo el final y me voy chocando con todo. Me hiere, me acaricia y me mancha mientras estructuro la lista de tareas que debo seguir mañana. Infantilizo los obstáculos y juego.

Juego sin parar.


29 de junio de 2016

Junio

Deben de ser horas las que llevo caminando por el desierto, quizás días desde que empecé a contar. Exhausta y con la vista nublada camino a pequeños pasos de gigante buscando agua, buscando sed. En el oasis de mis pensamientos estoy ligera, llena de un fuego más caliente que las montañas que voy a recorrer.

Las arenas movedizas me piden que patalee y que grite, que enrede mis dedos entre los hilos del polvo mientras consigo darme la vuelta.

Peleo con mi propia piel que, enrojecida, se reparte entre la crudeza y las ganas de arrastrarse por las dunas. Junto a la ventana ensombrecida miro los botones rotos del aire acondicionado que, obsoleto, nos ve morir de calor.

La bocanada de un aire reciclado me recuerda que tengo el oxígeno limitado, que viva mientras pueda en las rocas aunque me queme todas las yemas de los dedos.

Pierdo el hilo de mis palabras entre las palmeras de un oasis loco. Mientras lucho por morder más fuerte que las llamas, palpitan mis ojos y lloran los niños de los vecinos. Se espantan hasta los escorpiones cuando ven tanto veneno en tan pocos metros cuadrados.

El hambre ha llegado al desierto dejando los cuerpos vulnerables, flacos, hueso contra hueso...



13 de abril de 2016

Vida

A gritos desgarrados en el suelo se sobrevive, lenta y sudorosamente, a la más violenta de las palizas. Llantos brutales, salvajes, humanos... Con todos los órganos buscando a ciegas cada una de sus rugosas y deslizantes piezas. Siempre en horizontal para no perder la referencia y robando a la verticalidad la fealdad de su sonrisa.

De oreja a oreja, escucho el poco sabor que tiene la comida y saboreo el estruendoso ruido de las personas despiertas al caminar. Dormida, intento aprender el abecedario letra por letra sin la ayuda de mi juventud. Las canas que un día fueron dulces ya no brillan, se clavan en el cráneo y se multiplican. Luchan por entrar.

El mundo se ha extinguido y me ha pillado lleno de gente, de flora y de vida. Una apasionante y dolorosa vida, que repleta de placeres me arranca la lengua e intenta decirme algo. Son palabras, canciones, acrobacias...

Te espero, vida mía, que algún día vendrás.


9 de noviembre de 2015

Regreso al futuro

Gracias por tus súplicas, mandíbula, que tan llenas de palabras me matan callando. Las falsas promesas me convencieron para dejar de fumar el aire que respiro poco a poco, como exige una correcta desintoxicación.

A estas alturas de la relación, me pregunto si conectar la boca con mis adormecidas extremidades no es más sensato que haberme dejado hablar, hablar y hablar… Sin embargo, todo este tiempo he podido difundir tu mensaje hasta que has tomado la decisión de hacerme desaprender.

Nunca he querido deberte nada y tal vez te debía todo lo que tus ácidos me mostraron. Jamás nadie podrá ver lo que mis párpados revelaron, ni tan siquiera yo, que junto al terror lo espero y rechazo a partes iguales.

Tu fuego es sangría en mis entrañas, caprichosa afonía.



8 de diciembre de 2014

CERTIDUMBRE

Escancio en mi cara tus besos, jarabes de palo y disparos para una mente embrutecida a causa de las radiaciones, los expedientes y la información. Sin dilación, pulso en el pasillo los botones adecuados para bloquear todos mis demonios hasta que me interrumpes. Tengo que volver a empezar la cuenta: menos uno, cuatro y medio, siete…

Pierdo la noción del tiempo y por un momento pienso que he despertado de una larga y profunda noche, sin pesadillas ni tormentos musculares. Entonces comienzas a obligarme, granuja, a abrillantar el espejo de mi desprestigio. Con toda la humillación y la belleza que sólo viven al amanecer, anocheces mi copa de café hasta calentar mi esófago con el más exquisito vino. Viertes la oscuridad y la ansiedad sobre un tarro de conservas, a medio cerrar, junto al estante de las especias.


El dialecto ambiguo de mis memorias encuentra, en tus lentes, su legibilidad.